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Víctima, salvador y perseguidor: roles que dañan tus relaciones

Publicado el 18 de diciembre de 2025

El triángulo dramático de Karpman

Según nuestra manera de actuar ante las circunstancias y las interacciones con otras personas, podemos contribuir a generarnos malestar o, por el contrario, fomentar nuestro bienestar y construir relaciones más satisfactorias y conscientes. En psicología relacional, uno de los modelos más clarificadores para entender estos patrones es el triángulo dramático de Karpman, formulado por el psicólogo transaccional Stephen Karpman.

Este modelo describe tres roles reactivos que adoptamos de forma inconsciente en nuestras relaciones: víctima, salvador y perseguidor. No son identidades ni rasgos fijos de la personalidad, sino roles aprendidos que activamos de manera automática y que, aunque nacen de la necesidad de protegernos o sentirnos valiosos, terminan dañando el vínculo con los demás y con nosotros mismos.

Actitud reactiva y actitud proactiva en las relaciones

Cuando adoptamos una actitud reactiva, reaccionamos automáticamente a lo que ocurre fuera de nosotros: a las palabras, los gestos o las decisiones de los demás, o a las circunstancias que interpretamos como agradables o desagradables. Actuamos de manera impulsiva, poco consciente y, a menudo, inmadura desde el punto de vista emocional.

En este estado, nuestro bienestar depende del exterior: si nos tratan bien, nos sentimos bien; si percibimos rechazo, injusticia o conflicto, nos defendemos, atacamos o nos hundimos. Es decir, cedemos nuestro poder personal a lo que ocurre fuera.

Por el contrario, una actitud proactiva implica asumir la responsabilidad de nuestras emociones, pensamientos y comportamientos. No significa aguantarlo todo ni negar lo que sentimos, sino aprender a responder con mayor consciencia, serenidad y coherencia interna, incluso cuando la situación es difícil.

Los roles reactivos: víctima, perseguidor y salvador

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos actuado desde alguno de estos roles. A veces de forma evidente y otras de manera muy sutil, especialmente en relaciones significativas como la pareja, la familia o el entorno laboral. El primer paso para salir de estos patrones relacionales inconscientes es observarnos sin juzgarnos.

El rol de víctima

Cuando adoptamos el rol de víctima en las relaciones, nos sentimos indefensos y sin recursos para afrontar las dificultades. Pensamos que la vida es injusta, que los demás van en nuestra contra o que siempre somos los perjudicados.

Este rol suele ir acompañado de queja, resignación y una sensación profunda de falta de control. Aunque aparentemente parezca pasivo, mantiene a la persona atrapada, ya que espera que sean otros quienes cambien la situación.

El rol de perseguidor

En el rol de perseguidor, la emoción dominante suele ser la rabia. Juzgamos, criticamos y culpabilizamos a los demás —o a nosotros mismos— de lo que nos ocurre. Buscamos tener razón, controlar o imponer nuestro punto de vista.

Aunque este rol parece fuerte, en el fondo también nace de la frustración, el miedo y la sensación de impotencia. El perseguidor intenta aliviar su malestar atacando o señalando al otro.

El rol de salvador

El rol de salvador se caracteriza por asumir responsabilidades que no nos corresponden. Nos volcamos en ayudar, aconsejar o sostener a los demás, incluso cuando no nos lo han pedido o cuando hacerlo nos desgasta.

Detrás de este rol suele haber dificultad para decir “no”, miedo al rechazo o la creencia de que solo valemos si somos útiles. El salvador crea, sin darse cuenta, relaciones de dependencia y descuida su propio bienestar emocional.

Cómo funciona el triángulo dramático

Estos tres roles no son fijos. De hecho, lo habitual es ir cambiando de uno a otro, a veces en cuestión de segundos. Todos comparten una base común: el victimismo, el miedo, la desconfianza y la sensación de no tener control real sobre la situación.

Por ejemplo, una persona que intenta salvar a otra y no se siente reconocida puede pasar rápidamente al rol de víctima (“nadie valora lo que hago”) y, desde ahí, convertirse en perseguidor, culpando al otro de su frustración.

Este movimiento constante dentro del triángulo dramático implica una no aceptación de la realidad y una forma —consciente o inconsciente— de manipular el entorno para aliviar el propio malestar. El resultado suele ser desgaste emocional y relaciones tensas o insatisfactorias.

La buena noticia es que estos roles pueden transformarse.

Cómo salir de los roles reactivos y cultivar relaciones sanas

Salir del triángulo dramático no significa dejar de sentir ni convertirnos en personas perfectas, sino desarrollar una mayor consciencia emocional y una actitud más proactiva.

Del rol de víctima a la responsabilidad personal

Si tiendes al rol de víctima, el camino pasa por fortalecer la confianza en ti, desarrollar habilidades para resolver conflictos y dejar de esperar que otros lo hagan por ti.

Del rol de perseguidor a la gestión emocional

Si reconoces el rol de perseguidor en ti, es importante aceptar que no puedes controlarlo todo. Aprender a regular tus emociones, especialmente la rabia, te permitirá comunicarte de forma más clara y respetuosa. Puedes centrarte en bajar la intensidad y acercarte con curiosidad en lugar de crítica.

Del rol de salvador al autocuidado

Si te identificas con el rol de salvador, el aprendizaje clave es cuidarte sin culpa. Aprender a decir “no” y permitirte pedir ayuda evita relaciones de dependencia. Respetar tus límites y confiar en el proceso del otro.

Cuando reconocemos estos roles en los demás

También podemos observar estos roles reactivos en las personas que nos rodean. En estos casos, no podemos cambiarles ni hacer el trabajo por ellos, pero sí podemos comprenderlos desde la humildad.

Entender que actúan desde la reactividad y no desde la maldad nos ayuda a no engancharnos al triángulo. Nuestra tarea es asumir nuestra parte, mantener la calma y responder de la mejor manera posible.

Elegir cómo queremos relacionarnos

Observar los roles de víctima, perseguidor y salvador en nosotros mismos no es un ejercicio de juicio, sino de honestidad y compasión.

Salir del triángulo dramático es un proceso, no un logro inmediato. Implica elegir, una y otra vez, responder desde la responsabilidad, la serenidad y el respeto por nuestros límites y los del otro.

Deseo que puedas mirarte con amabilidad, asumir tu parte con valentía y construir relaciones donde haya claridad, respeto y coherencia.

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